lunes, 9 de febrero de 2026

Hacia una filosofía de la conducta: una lectura antidualista del concepto de conducta privada en Skinner


"Rigbel Manzano Salas"

Miembro Liceo Contextual

En el presente trabajo me propongo realizar una defensa del conductismo radical  frente a las críticas, frecuentes en psicología, según las cuales los conceptos skinnerianos de conducta privada y conducta pública implicarían necesariamente una concepción dualista. Un texto que recoge este tipo de crítica es el de Roberto Bueno (2011), quien argumenta que el empleo del concepto de “eventos privados” remite a un dualismo. Sostendré que tal acusación se apoya en una lectura filosóficamente imprecisa de dichos conceptos y en una confusión entre distintos sentidos del término “dualismo”. De modo, que al mismo tiempo se pretende situar este trabajo en un marco coherente de lo que podemos llamar como una filosofía de la conducta.

Para clarificar la problemática, conviene distinguir al menos cuatro acepciones de dualismo: el dualismo de sustancias, el dualismo metodológico, el dualismo epistemológico y el dualismo conceptual. Esta distinción no pretende agotar las múltiples variantes del dualismo existentes en la tradición filosófica, ni constituir una clasificación formal, sino que responde a fines estrictamente prácticos.

 

De estas acepciones, el dualismo de sustancias es al que pertenece propiamente la  filosofía de René Descartes. En el sistema cartesiano, el dualismo forma parte constitutiva de una ontología metafísica de carácter teísta,  cuyo fundamento último es la idea de Dios como “substancia infinita”:

 

“Por «Dios» entiendo una substancia infinita, eterna, inmutable, independiente, omnisciente, omnipotente, que me ha creado a mí mismo y a todas las demás cosas que existen (si es que existe alguna)… Y, por consiguiente, hay que concluir necesariamente, según lo antedicho, que Dios existe.”(Descartes, 1977, p. 39).

 

Sobre este fundamento  se sostiene su dualismo ontológico de sustancias creadas: la res cogitans y la res extensa. La idea de Dios, aparece como la idea de una realidad absolutamente existente sin la cual no pueden concebirse adecuadamente las demás cosas, y  sin la cual no se puede comprender la existencia y distinción real entre las sustancias creadas:

 

“Cuando concebimos la substancia, solamente concebimos una cosa que existe en forma tal que no tiene necesidad sino de sí misma para existir… Es así, pues, propiamente hablando, sólo Dios es tal y no hay cosa alguna creada que pueda existir un solo instante sin ser mantenida y conservada por su poder” (Descartes, 2002, p. 52)

 

En  plano antropológico ambas sustancias aparecen unidas mediante la llamada “unión  sustancial”, instituida por Dios, de tal modo que alma y cuerpo constituyen un único compuesto en la experiencia humana, y no se dan separadas fuera de ese plano: “Hablo aquí sólo de las cosas que Dios me ha dado, en cuanto que estoy compuesto de espíritu y cuerpo” (Descartes, 1977, p. 67).  No obstante, en el plano metafísico, Descartes afirma pueden existir separadamente, en la medida en que son sustancias realmente distintas y cuya separación es ontológicamente posible por el concurso divino:

 

“…puesto que, por una parte, tengo una idea clara y distinta de mí mismo, en cuanto que yo soy sólo una cosa que piensa -y no extensa- , y, por otra parte, tengo una idea distinta del cuerpo, en cuanto -que él es sólo una cosa extensa -y no pensante-, es cierto entonces que, ese yo (es decir, mi alma, por la cual soy lo que soy), es enteramente distinto de mi cuerpo, y que puede existir sin él.” (Descartes, 1977, 66).

 

El sistema dualista filosófico de Descartes sostiene, por un lado, que alma y cuerpo se hallan estrechamente unidas, formando un solo compuesto, y no como un “fantasma en la máquina”, de modo que en el plano de la experiencia humana no se presentan como dos cosas separadas; y por otro lado, sostiene la distinción real entre alma y cuerpo en el plano metafísico, en virtud de la cual cada una puede existir separadamente por la omnipotencia divina

 

Aunque este tipo de dualismo ya no es aceptado en psicología, se ha sostenido que los conceptos de “conducta privada” y “conducta  pública” de Skinner  introducen, de forma encubierta, un  tipo de dualismo. Sin embargo, dicha distinción no implica un dualismo sustancial u ontológico. Sírvase aclarar que, por “conducta privada” se  entiende una subclase funcional descriptiva de la conducta, y no un agente  alojado en el interior del cuerpo. En  este sentido Skinener señala:

 

 “Existe una costumbre más generalizada todavía que consiste en explicar la conducta en términos de un agente interno sin dimensiones físicas, llamado “mental” o “psíquico”… En realidad, es poco más que un modesto refinamiento atribuir cada manifestación de la conducta del organismo físico a una manifestación correspondiente de la mente o a alguna “personalidad” interna”. (Skinner, 1971, p. 45)

 

La conducta privada, como se ha señalado, pertenece a la misma subclase funcional, en sentido descriptivo, que la conducta pública, sin que exista entre ellos una diferencia ontológica o sustancial. Aunque Skinner parece implicar un dualismo al introducir la diferencia entre lo privado y público o interno y externo, no está planteando dos realidades ontológicas distintas, ni un dualismo antropológico, puesto que el organismo no es concebido como compuesto de mente y cuerpo. Por el contrario, dicha  distinción establece una diferencia basada en las condiciones de accesibilidad a la conducta.

 

Podría objetarse, no obstante, que subsiste al menos un dualismo metodológico, en la medida en que podría sostenerse que los conceptos de conducta privada y conducta pública remiten a dos modos distintos de investigación. Para examinar esta posibilidad, resulta útil contrastar la posición de Skiner con la propuesta de Wilheml Dilthey .

 

Dilthey elabora una teoría del conocimiento fundada en la unidad de la vida, en el que distingue  dos modos de acceso a una misma realidad que fundamentan la constitución de dos tipos de objetos científicos: los hechos naturales y los hechos espirituales. En el hombre esta realidad aparece conformando una “unidad psicofísica de vida” que genera dos actitudes cognoscitivas irreductibles entre sí en el plano metodológico: la percatación de los hechos internos o espirituales, y la captación de los hechos  externos o naturales.   

 

“Y, ciertamente, el hombre como unidad de vida se presenta para nosotros, en virtud del doble punto de vista de nuestra consideración... como una trama de hechos espirituales hasta donde alcanza nuestra percatación interna, y como un todo corporal hasta donde alcanza la captación sensible… De aquí resultan necesariamente dos puntos de vista diferentes, que no se pueden cancelar recíprocamente en la consideración científica que pretenda abarcar los hechos espirituales y el mundo corporal en su nexo, de que es expresión la unidad psicofísica de la vida” (Diltehy, 1949, p. 22-23)

 

Con ello Dilthey está planteando, legítimamente, un dualismo metodológico, caracterizado por dos tipos de objetos de estudio constituidos por dos vías de acceso heterogéneas: la percatación o comprensión de las ciencias del espíritu,  y la captación o explicación causal de las ciencias de la naturaleza.  De tal manera que ambos accesos metodológicos son necesarios para  dar cuenta de dos modos distintos de acceso a una misma realidad, la unidad de vida, sin perder su legalidad y conservando su autonomía.

 

Entonces ¿puede sostenerse que el acceso a la conducta privada y pública implica un dualismo metodológico? Para Skinner la diferencia entre conducta privada y conducta pública no exige un tipo de investigación distinta. El mismo marco explicativo para el estudio de la conducta pública se aplica para el estudio de la conducta privada, la distinción no introduce dos objetos de estudio diferentes que requieren de metodologías heterogéneas, sino que establece un límite práctico de observación. No se sostiene, en este sentido, una diferencia metodológica, que es rechazada por el propio Skinner.

 

“Algunos de los científicos más distinguidos se han interesado por las amplias implicaciones de la ciencia con respecto a la estructura del universo. La imagen que se obtiene es casi siempre dualista. El científico admite modestamente que está describiendo solamente la mitad del universo y que existe otro mundo –el de la mente o la conciencia- para el cual se supone que es necesario otro tipo de investigación”. (Skinner,1971, p. 237)

El empleo del uso de los conceptos de conducta privada y pública no implican dualismo metodológico, más bien supondría un límite práctico de observación asimétrico, en el que un mismo evento es accesible de manera directa para un sujeto, pero indirecta para otro, sin que esto suponga leyes explicativas distintas, ni una psicología diferente.

“No necesitamos suponer que los hechos que acontecen dentro de un organismo poseen, por esta razón, propiedades especiales; un hecho interno se distingue porque su accesibilidad es limitada pero no, que nosotros sepamos, por una estructura o naturaleza especiales” (Skinner, 1971, p. 238)

En este sentido, cuando Skinner hace referencia a los eventos que ocurren “debajo de la piel” para distinguirlos de aquellos que se sitúan fuera del organismo, no introduce una dicotomía  metodológica. Por el contrario,  establece una frontera física (la piel) que delimita condiciones diferenciales de accesibilidad: inmediata para el propio individuo e indirecta para otros observadores.

En cuanto al dualismo epistemológico, Dilthey no solo propone dos modos de constitución cognoscitiva de la realidad: la percatación o comprensión de la vida psíquica, y la captación o explicación de los fenómenos naturales, sino que además postula que la percatación o vivencia es la fuente originaria del conocimiento en las ciencias del espíritu, es decir, que éstas no pueden fundarse epistemológicamente en los criterios de las ciencias naturales, sino en su propio modo de  conocer.

“El desarrollo de las ciencias del espíritu debe ir acompañado de su propia autognosis lógico-epistemológica, en otras palabras, debe ir acompañado de la conciencia filosófica de cómo de la “vivencia” de lo acontecido se levanta la conexión intuitivo conceptual del mundo histórico-social humano” (Dilthey, 1978, p. 26).

La constitución del objeto de las ciencias del espíritu es  epistemológicamente distinta al de las ciencias naturales, y por tanto dos formas de constitución del conocimiento, con estructuras y criterios diferentes.

Por el contrario, en Skiner no encontramos un dualismo epistemológico. El tipo de conocimiento de la conducta privada para Skinner, no es un tipo diferente de la conducta pública, ya que ambos pertenecen al mismo marco científico y se explican mediante la ciencia de la conducta. Postular dos tipos de conocimiento irreductibles conduciría a una psicología racional o filosófica que Skinner rechaza. Por ello, el tipo de conocimiento que puede derivar de la experiencia personal  de un individuo, no tienen un estatuto explicativo  cuando es descrito o reportado por el propio sujeto, que en ocasiones puede ser errado, sino que la explicación científica de dicha conducta corresponde al análisis de las mismas variables que determinan la conducta pública.

“Contrariamente a lo que se cree normalmente, el especial contacto entre individuo y los hechos que ocurren dentro de su propio cuerpo no le proporciona ninguna información “interna” acerca de las causas de su conducta... Podamos pensar antes de actuar, en el sentido de actuar de forma interna antes de hacerlo de forma manifiesta, pero nuestra acción no es una “expresión” de la respuesta interna ni la consecuencia de ella. Ambas son atribuibles a las mismas variables. (Skinner, 1971, p. 254)

Para Skinner la conducta privada no constituye un dominio de conocimiento especial, ni una realidad separada de las ciencias naturales. La conducta privada forma parte del objeto de estudio de la ciencia de la conducta y está sujeta a las mismas leyes que la conducta pública; la diferencia, como se ha dicho,  radica en su grado de observabilidad asimétrico para el análisis científico.

Otro tipo de dualismo que pudiera ser atribuido, de manera interpretativa,  a los términos  skinnerianos de conducta privada y conducta pública es el denominado dualismo conceptual. En efecto, podría sostenerse que ambos conceptos remiten a descripciones diferenciadas de la conducta y, por tanto, a modos distintos de conceptualización.

Para examinar esta posibilidad, tomaremos como referencia la propuesta de David Chalmers, defensor de un dualismo ontológico de propiedades. Para Chalmers (1996) la realidad está constituida por dos tipos de propiedades fundamentales: propiedades físicas y propiedades fenomenales. Cada una de estas propiedades requiere el uso de conceptos distintos para dar cuenta de ellas, sin que dichos conceptos puedan reducirse entre sí. En este sentido, los conceptos físicos por sí solos, son insuficientes para capturar los  conceptos de la experiencia consciente,  y estos no sobrevienen lógicamente de los primeros, por razones tanto epistemológicas como  conceptuales.

“Podemos reflexionar sobre lo que es concebible, para argumentar directamente a favor de la posibilidad lógica de una situación en la que los hechos físicos sean los mismos pero los hechos acerca de la experiencia sean distintos. Podemos apelar a la epistemología, sosteniendo que falta el tipo adecuado de vínculo entre el conocimiento de los hechos físicos y el conocimiento de la conciencia. Y podemos apelar directamente al concepto de conciencia, argumentando que no existe un análisis del concepto que pudiera fundamentar una entrañabilidad desde lo físico hacia lo fenomenal.” (Chalmers, 1996, p. 93).

Chalmers niega, por tanto, una explicación reductiva de la conciencia apelando no solo a una ruptura epistemológica, según la cual los métodos de conocimiento físico no permiten derivar el conocimiento de la experiencia consciente -accesible únicamente en primera persona-,  sino además una diferencia conceptual. Lo mental es conceptualizado  y analizado de un modo distinto a lo físico, de tal manera que no puede quedar determinado conceptualmente por los hechos físicos. La clave del dualismo conceptual de Chalmers reside precisamente en que los marcos conceptuales de lo físico y lo mental son distintos, y además mutuamente insuficientes para dar cuenta uno del otro.

Por el contrario, los conceptos skinnerianos de conducta privada y conducta pública no implican la postulación de propiedades diferentes ni de esquemas conceptuales irreductibles. La conducta privada no remite a una propiedad mental, ni la conducta pública a una propiedad física, en sentido ontológico; no son propiedades, si no que definen relaciones funcionales entre el organismo y su medio, constituyendo un único objeto de estudio, sujeto a las mismas leyes naturales que rigen el resto de los fenómenos del universo.

“Es más apropiado decir que la conducta es aquella parte del funcionamiento de un organismo que consiste en actuar o relacionarse con el mundo exterior. Las propiedades peculiares que hacen que la conducta sea un campo de estudio unitario y único derivan de esta definición” (Skinner, 1975, p. 20)

No hay en consecuencia, una ruptura epistemológica entre ambos tipos de conducta, sino una continuidad epistemológica caracterizada por una accesibilidad asimétrica no dualista. La frontera que separa los eventos que están dentro  de los que están fuera constituye, como se señaló, un límite físico, no ontológico, con el que el propio sujeto puede entrar en contacto, y cuya importancia es tan relevante como los estímulos exteriores que determinan la conducta, tanto pública como privada.

“Dentro de la piel de cada uno de nosotros está contenida una pequeña parte del universo… Lo sentimos y, en cierta forma, lo observamos, y parecería tonto descuidar esta forma de información sólo porque únicamente una persona pueda entrar en contacto con el propio mundo interno.” (Skinner, 1994, p. 23)

Es necesario señalar un aspecto fundamental relacionado con ciertas interpretaciones erróneas del pensamiento de Skinner, particularmente aquellas que le atribuyen el uso de conceptos de carácter dualista. Dichas interpretaciones suelen originarse en la lectura de algunos términos skinnerianos desde el lenguaje ordinario, descontextualizándolos de su sentido técnico y científico. En el lenguaje ordinario, el uso que se hace de los conceptos conducta privada y conducta pública, suelen interpretarse como designando dos tipos de realidades distintas, lo que conduce a una lectura dualista que es equivocada. El propio Skinner advirtió sobre las dificultades que genera el uso de un lenguaje históricamente cargado de connotaciones mentalistas, incluso en el contexto de la ciencia de la conducta:

“El conductista neófito se confunde algunas veces cuando se sorprende así mismo utilizando términos mentalistas, pero el castigo que le produce ese obstáculo solamente se justifica cuando los términos se utilizan en una distinción técnica. A menudo se ve forzado a andar con rodeos. Con dificultades se abandonan a las viejas maneras de hablar, y las nuevas maneras son incómodas y desagradables, pero el cambio tiene que hacerse” (Skinner, 1994, p. 21)

Desde esta perspectiva, las acusaciones de dualismo dirigidas al conductismo de Skinner se sostienen, en gran medida, en una confusión entre el uso técnico de los conceptos y las interpretaciones derivadas del lenguaje ordinario. Cuando se logre mejorar el acceso a las contingencias que forman parte del control de la conducta privada, reportada por el sujeto, se estará en una mejor posición de rebatir las confusiones o acusaciones de dualismo al uso de ciertos conceptos skinnerianos.

Para finalizar, es preciso subrayar que los conceptos skinnerianos de conducta privada y conducta pública, no implican ningún dualismo en ninguno de los sentidos filosóficamente aquí señalados. El dualismo en cualquiera de sus formulaciones, es incompatible con el sistema skinneriano, y desde éste posicionamiento no se admiten acusaciones de este tipo basadas en confusiones conceptuales.  Por el contrario, una lectura rigurosa de los supuestos filosóficos que sustentan el sistema skinneriano permite inscribirlo de manera coherente dentro de la tradición de un monismo naturalista, comprometido con la explicación científica de la conducta como fenómeno natural, continuo y susceptible de análisis en términos de relaciones funcionales entre organismos y ambiente.

Referencias

Bueno, R. (2011) Los eventos privados: del conductismo metodológico al interconductismo Universitas Psychologica, vol. 10, núm. 3, pp. 949-962.https://www.redalyc.org/pdf/647/64722377024

Descartes, R. (1977). Meditaciones metafísicas con objeciones y respuestas (Traducción de Vidal Peña). Editorial Alfaguara.

Descartes, R. (2002). Los principios de la filosofía (G. Quintas, Trad.). RBA Coleccionables.

Dilthey, W. (1949). Introducción a las ciencias del espíritu: En la que se trata de fundamentar el estudio de la sociedad y de la historia (E. Imaz, Trad.). Fondo de Cultura Económica.

Dilthey, W. (1978). El mundo histórico. Obras VII.  (E. Imaz, Trad.). Fondo de Cultura Económica.

Skinner, B. F. (1971). Ciencia y conducta humana: Una psicología científica (M. J. Gallofré, Trad.). Editorial Fontanella.

Skinner, B. F (1994). Sobre el conductismo. (Trad. esp.).  Editorial Palmneta-De Agostini.

Skinner (1975).  La conducta de los organismos: Un análisis experimental. (Flaquer i Vilardebó, Trad.) Editorial Fontanella. 

domingo, 12 de octubre de 2025

Importancia clínica y humana del Trastorno de Estrés Postraumático Complejo (TEPT-C)

Autora:

Diana Yasmin Llamocca Ciriaco

Introducción:

La sociedad, conformada principalmente por familias que crían a niños y niñas desde sus primeros años, convive con una realidad cruda y silenciosa: la violencia y el sufrimiento están presentes con más frecuencia de la que se admite. ¿De qué manera ocurre esto? Pocas personas han transitado la vida sin experimentar alguna forma de transgresión, y mucho menos sin haber conocido el dolor. Si bien el sufrimiento puede interpretarse en ocasiones como parte de una experiencia subjetiva o incluso como una elección, la violencia ejercida durante la infancia, especialmente cuando es sistemática y prolongada, deja marcas profundas que no dependen de la voluntad. En estos contextos, hablar del Trastorno de Estrés Postraumático Complejo (TEPT-C) no solo resulta clínicamente relevante, sino también éticamente necesario. Este ensayo aborda la importancia del TEPT-C tanto desde su impacto clínico como desde su dimensión humana, considerando sus efectos en el desarrollo emocional, psicológico y relacional del individuo.

Desarrollo:

De acuerdo con López-Soler (2008), al analizar los acontecimientos vitales vinculados al trauma, es necesario considerar factores como su duración, frecuencia, intensidad, cantidad y predictibilidad. Sin embargo, uno de los aspectos más relevantes es su origen, ya que estos eventos pueden ser de naturaleza humana o natural.

Es posible afirmar que los eventos naturales presentan una dificultad mayor de evitar, debido a que son impuestos por la fuerza misma de la naturaleza. En este contexto, el ser humano se enfrenta a fenómenos impredecibles y muchas veces incontrolables. Aunque pueden implementarse planes de contingencia o protocolos de emergencia, estos no garantizan la protección total frente a su impacto. La tierra no cesará sus movimientos ante una súplica, ni los ríos limitarán sus caudales por decisión humana. Tampoco el mar detendrá sus olas, ni el viento sus remolinos ante nuestra voluntad.

La Organización Mundial de la Salud (OMS, 2018) define un desastre como un evento imprevisto que implica un riesgo considerable e inmediato para la salud pública, o cualquier situación que comprometa la vida o el bienestar de un gran número de personas y que requiere una acción urgente.

Por otro lado, el trauma de origen humano no se encuentra determinado por las contingencias naturales, sino que implica, en muchos casos, una clara intencionalidad por parte del agresor. Esta característica lo hace especialmente complejo, sobre todo cuando existe un vínculo afectivo entre la víctima y el perpetrador. En este contexto, Sandín (2008) sostiene que los traumas causados de forma deliberada por otros seres humanos suelen generar consecuencias psicológicas más profundas y duraderas que aquellos provocados por desastres naturales o accidentes. Precisamente de allí emana su complejidad.

El simple hecho de que el daño haya sido intencional, y perpetrado por alguien de nuestra misma especie, ya resulta devastador. En estos casos, es común que la persona afectada experimente una serie de pensamientos autorreferenciales que refuerzan el sufrimiento: ¿Qué hice para merecer esto? ¿Por qué no pude evitarlo? ¿Por qué no huí cuando tuve la oportunidad? ¿Por qué lo permití? ¿Por qué yo? ¿Por qué nadie me ayudó? ¿Y si me juzgan o critican? ¿Por qué me siento tan rota/o? Estas interrogantes surgen desde emociones profundas como la culpa, la vergüenza, la desesperanza y una autovaloración negativa (Lecannelier et al., 2021), configurando así el núcleo emocional del trauma complejo.

Un ejemplo representativo del trauma complejo puede observarse en la película Precious, dirigida por Lee Daniels (2009), donde se retrata la vida de Claireece "Precious" Jones, una adolescente que experimenta constantes abusos físicos y psicológicos por parte de su madre, así como abuso sexual por parte de su padre, lo cual deriva en dos embarazos, la responsabilidad de criar a sus hijos y un diagnóstico de VIH (Virus de la Inmunodeficiencia Humana). Estas vivencias traumáticas, repetidas y prolongadas en el tiempo, la llevan a desarrollar mecanismos de disociación como una forma de escape y supervivencia ante el sufrimiento.

Este tipo de trauma, sostenido desde la infancia, había deteriorado profundamente su autovaloración y la mantenía aferrada a una fantasía de una vida mejor, aunque inalcanzable. En consonancia con este fenómeno, Castro-Fernández et al. (2015) realizaron un estudio para analizar el vínculo entre trauma, disociación y síntomas psicóticos positivos. Los hallazgos revelaron que quienes presentaban alucinaciones y delirios habían atravesado un mayor número de experiencias traumáticas en la infancia, aunque no necesariamente en la adultez. Además, estas personas mostraban niveles significativamente más altos de disociación en comparación con quienes no presentaban dichos síntomas.

Desde esta perspectiva, resulta comprensible que Precious recurriera a la disociación como un recurso psicológico cada vez que era agredida por su padre o maltratada verbal y físicamente por su madre.

Lieberman y Van Horn (2008) plantean que las experiencias adversas en la primera infancia pueden afectar la construcción de un apego seguro con los cuidadores, lo que conlleva problemas en la regulación emocional, el comportamiento y el desarrollo integral. Por ello, subrayan la relevancia de promover el fortalecimiento del vínculo entre el niño y sus figuras principales de cuidado.

Por otra parte, es innegable que la Segunda Guerra Mundial estuvo marcada por eventos extremadamente violentos, entre ellos el Holocausto, uno de los más impactantes. Según la revista Amnistía Internacional (2025), las cámaras de gas y los hornos crematorios llegaron a asesinar hasta 5,000 personas por día. De acuerdo con la Claims Conference (2024), aún sobreviven aproximadamente 245,000 víctimas del Holocausto en más de 90 países, muchas de ellas con secuelas persistentes derivadas de lo vivido.

Tras el fin de la guerra y la liberación de los campos de concentración, muchas personas quedaron profundamente traumatizadas. No solo los prisioneros, sino también los soldados, arrastraron las huellas psíquicas de las atrocidades presenciadas. Hoy, aunque no se ha declarado una tercera guerra mundial, muchos niños viven lo que podría considerarse un “campo de concentración” dentro de sus propios hogares, atrapados en entornos de violencia doméstica. Esta comparación es estremecedora.

La Organización Mundial de la Salud (OMS, 2024) advierte que cerca de seis de cada diez niños menores de cinco años —es decir, alrededor de 400 millones— sufren castigos físicos o violencia psicológica por parte de sus cuidadores. Además, se estima que una de cada cinco mujeres y uno de cada siete varones fueron víctimas de abuso sexual durante su infancia.

Diversas investigaciones contemporáneas destacan la importancia de intervenir considerando el impacto del trauma en la dinámica familiar, al mismo tiempo que señalan la necesidad de fortalecer en los adultos la capacidad de brindar a los niños un entorno seguro y estable (Lieberman et al., 2011).

En particular, Herman (2015) señala que el trauma complejo se manifiesta a través de alteraciones profundas en la gestión afectiva, así como en la conciencia, la percepción corporal, las relaciones interpersonales y la construcción del sentido de vida. En esa misma línea, la Clasificación Internacional de Enfermedades en su 11.ª edición (CIE-11, 2022) reconoce oficialmente el Trastorno de Estrés Postraumático Complejo (TEPT-C) como un diagnóstico clínico. Esta condición se desarrolla como consecuencia de una exposición prolongada a situaciones extremadamente amenazantes o ineludibles, tales como el abuso infantil crónico o la violencia doméstica continua (OMS, 2022).

Conclusión:

En ese sentido, resulta fundamental reconocer la relevancia del Trastorno de Estrés Postraumático Complejo (TEPT-C), ya que representa uno de los trastornos más significativos asociados al trauma prolongado y relacional. A pesar de su impacto en el desarrollo emocional, cognitivo y social de quienes lo padecen, este diagnóstico suele ser subestimado o incluso ignorado en diversos contextos de atención en salud mental (López-Soler, 2008; Lecannelier et al., 2021). Comprender en profundidad el trauma complejo no solo permite dimensionar las secuelas del abuso y la negligencia sostenida, sino que también plantea la urgencia de abordajes terapéuticos sensibles, integrales y sostenidos en el tiempo. Visibilizar las heridas invisibles que deja este tipo de trauma es abrir camino hacia la validación del sufrimiento y la posibilidad de una reconstrucción psíquica más compasiva y digna. La atención al TEPT-C implica, por tanto, una responsabilidad no solo profesional, sino profundamente humana.

 

Referencias:

1. Amnistía Internacional. (2025, 27 de enero). El Holocausto de Auschwitz: el predecesor de los derechos humanos. https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/blog/historia/articulo/el-horror-de-auschwitz-y-la-declaracion-universal-de-los-derechos-humanos/

2. Castro-Fernández, M. D. P., Perona-Garcelán, S., Senín-Calderón, C., & Rodríguez-Testal, J. F. (2015). Relación entre trauma, disociación y síntomas psicóticos positivos. Acción Psicológica, 12(2), 95–107. http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=344043462007

3. Daniels, L. (Director). (2009). Precious: Based on the novel “Push” by Sapphire [Película]. Lionsgate.

4. Herman, J. (2015). Trauma and recovery: The aftermath of violence—from domestic abuse to political terror. Basic Books/Hachette Book Group.

5. Lecannelier, F., Guajardo, H., Kushner, D., Barrientos, C., & Monje, G. (2021). La complejidad del trauma complejo del desarrollo: Una propuesta del modelo de apego y complejidad (MAC). Revista de Psicoterapia, 32(120), 105–124. https://doi.org/10.33898/rdp.v32i120.463

6. Lieberman A., Chu, A., Van Horn, P., & Harris, W. (2011). Trauma in early childhood: Empirical evidence and clinical implications. Development & Psychopathology, 23(2), 397-410. https://doi.org/10.1017/S0954579411000137

7. Lieberman, A., & Van Horn, P. (2008). Psychotherapy with infants and young children: Repairing the effects of stress and trauma on early attachment. The Guilford Press.

8. López-Soler, C. (2008). Las reacciones postraumáticas en la infancia y adolescencia maltratada: El trauma complejo. Revista de Psicopatología y Psicología Clínica, 13(3), 159–174. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2913101

9. Organización Mundial de la Salud. (2022). Clasificación Internacional de Enfermedades CIE-11. https://icd.who.int/es

10. Organización Mundial de la Salud. (2024). Maltrato infantil. https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/child-maltreatment

11. Organización Panamericana de la Salud. (1982). Control de vectores con posterioridad a los desastres naturales (Publicación Científica 419).

12. Organización Panamericana de la Salud. (2018). Control de vectores en situaciones de desastre. https://www.paho.org/es/emergencias-salud/control-vectores-situaciones-desastre

13. Sandín, B. (Ed.). (2008). El estrés psicosocial: Conceptos y consecuencias clínicas (2.ª ed.). Klinik. 

domingo, 16 de febrero de 2025

ACT: Contextualismo Funcional y Teoría de los Marcos Relacionales (una breve introducción). El caso de dos categorías transdiagnósticas

 

 Por: Diana Yasmin Llamocca Ciriaco.

 

Como se había mencionado anteriormente, la ACT asienta sus fundamentos teóricos en el contextualismo funcional, de esta manera se basa en una filosofía pragmática, considerándose como “verdadero” aquello que funciona y desechando verdades absolutas (Hayes, 1993; Hayes et al., 2014; Pérez, 2014). Es preciso señalar que el término “contextualismo” fue acuñado por el filósofo norteamericano Stephen Pepper (1942) en su libro titulado “World hypotheses: A study in evidence” mediante el cual resume y explica cuatro importantes hipótesis globales del siglo XX: formismo, mecanicismo, organicismo y contextualismo.

Ahora bien, la metáfora raíz del contextualismo es el evento histórico, no obstante, para el contextualista un evento histórico no significa un evento pasado que está olvidado y debe ser resucitado (algo que generalmente se hace a la hora de representar eventos históricos). Por el contrario, el verídico evento histórico es aquel evento actual (presente) dinámico, dramático y activo. Por ende, se le puede llamar “acto” (act) a dicho evento, teniendo en cuenta que no es un acto concebido en sí mismo o aislado; por el contrario, es un acto dentro de un contexto. En otras palabras, el contextualismo se afianza en el evento presente cambiante (Pepper, 1942; Maero, 2022).

De acuerdo a Harris (2009) el contextualismo tiene un enfoque holístico porque tiene como punto primordial la totalidad del acontecimiento. En vista de ello, la naturaleza del acto se va a definir por sus pretendidas consecuencias, es decir, por lo que se busca con la conducta ejercida en el medio. Aunque, sin un objetivo expuesto previamente, ningún comportamiento modelado por consecuencias sería efectivo (Hayes, 1993).

Según Hayes et al. (2014): “En el contextualismo funcional los acontecimientos psicológicos son considerados como interacciones de organismos completos en un contexto histórico y situacional” (p. 56). Siendo “la acción en un contexto”, una unidad organizadora en la Ciencia Conductual Contextual. Es determinable que conducta y contexto se definan recíprocamente, cada uno en función del otro.

Por otra parte, el contextualismo funcional tiene como objetivo fundamental no sólo predecir y explicar el comportamiento, sino también en influenciar y cambiar las conductas (Maero, 2022). Por dicha razón, la ACT asienta sus bases en el contextualismo funcional, porque centra al cliente en las consecuencias de su acción, tratando de valorar y resaltar la globalidad que supone dentro de su contexto. En ese sentido, los terapeutas ACT buscan influir en los propósitos que cada cliente tiene en su vida, y cómo estos propósitos están repercutiendo en su mundo de la experiencia directa y en su mundo interno (lenguaje humano). En resumen, la palabra “contexto” trasciende a ser un término funcional, que incluye la historia como las situaciones que tienen relación con la conducta (Hayes et al., 2014).

 

Teoría de los marcos relacionales

La Teoría de los Marcos Relacionales es una teoría contextual funcional del lenguaje y la cognición humana, posicionándose como un área crucial para investigaciones del comportamiento humano. La TMR persigue brindar una explicación con sustento científico que ayude a entender por qué algunas especies evolucionaron más que otras, tratando de comprender las raíces de los logros y del sufrimiento humano (Hayes et al. 2001; Hayes et al. 2014).

La TMR es el resultado de una ardua investigación experimental, enfocado a la fundamentación y desarrollo de la ACT, de esta manera se centra en la capacidad humana para crear relaciones entre eventos y emanar funciones nuevas, que no han sido enseñadas ni reforzadas previamente (Pérez, 2014). Así, estudia empíricamente los procesos de desarrollo acerca del lenguaje y la cognición, tales relaciones pueden ser de tipo “diferente” (un celular es diferente a un armario), igual (una manzana es igual a una pera, en que ambas son frutas y se pueden comer), opuesto (grande es lo opuesto de pequeño, triste es lo opuesto de estar feliz), comparación (julio es menos alto que Marcos), pertenencia (las rodillas son de las piernas) o la toma de posición en la base del yo (yo estudié Geometría y tú estudias Computación; yo estoy en Lima y tú estás en Ayacucho).

Dentro de la gran cantidad de relaciones establecidas, la TMR ha estudiado especialmente los marcos relacionales consistentes en la vinculación mutua, vinculación combinatoria y transformación de funciones. Por un lado, la vinculación mutua contiene una relación bidireccional entre dos eventos; de la relación en una dirección (un billete de cincuenta dólares es mayor que un billete de cinco dólares) proviene una segunda relación en otra dirección (un billete de cinco dólares es menor que un billete de cincuenta dólares). La vinculación combinatoria supone una relación transitiva en la que dos relaciones se pueden combinar para dar una tercera; si Marcela está en cuarto semestre, julio dos semestres menores que Marcela y Pedro un semestre mayor que julio, entonces Marcela está un semestre más adelante que julio. Lo resaltante de estas relaciones es que constituyen procesos no enseñados que no han sido reforzados. Por último, la transformación de funciones se refiere a cambios en las funciones de estímulos por formar parte de un marco en el que están relacionados con un tercero.

En concreto, la RFT no ha descubierto algo novedoso, pero ha demostrado cómo se presentan estos marcos relacionales en la vida diaria de todo ser humano. La RFT no separa los procesos internos (pensar, sentir, imaginar, etc.), ya que al igual que la conducta observable, considera los eventos privados como conducta, por tanto, rechaza que el mundo mental sea una causa de la conducta externa. En suma, la RFT implica una nueva concepción de la psicopatología, adquiriendo un enfoque transdiagnóstico y promoviendo la flexibilidad psicológica (Clavijo, 2004).

 

Evitación experiencial y fusión cognitiva: Categorías transdiagnósticas en el ACT

 

Desde tiempos primitivos el hombre ha intentado entender por qué es vulnerable a padecer enfermedades mentales; grandes e imponentes culturas del mundo trataban de dar una explicación haciendo referencia a los dioses, a las fuerzas sobrenaturales o a los demonios (Salaverry, 2012). En la actualidad, gracias al avance de la ciencia psicológica, se han abierto nuevas posibilidades que darían una respuesta al sufrimiento humano, y, por ende, una nueva perspectiva para entender, por qué surgen y se mantienen, en la persona, muchos de los trastornos registrados en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) y en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM) (Peréz, 2014).

Hace unas décadas, surgió una nueva ola de terapias, denominadas contextuales y de tercera generación, que prosiguen a las terapias de primera y segunda generación (Peréz, 2014). Dentro de las terapias contextuales tenemos las siguientes; Activación conductual (AC), Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), Terapia Dialéctico Conductual (DBT), Psicoterapia Analítica Funcional (FAP), entre otros. Lo expuesto, hace evidente la evolución que han tenido las terapias cognitivo conductuales en los últimos tiempos, asimismo, refleja la preocupación científica por buscar nuevas formas de tratamiento que sean más eficaces para la humanidad (Álvarez, 2019).

De acuerdo a Harris (2009) la ACT está fundamentada en el análisis del comportamiento aplicado (ABA) y en la teoría del marco relacional (TMR), que engloba el comportamiento del lenguaje humano, tanto como, la cognición. Además, trabaja bajo una filosofía denominada contextualismo funcional (CF). Esta terapia explica el sufrimiento humano mediante dos procesos normales (procesos cognitivos) de la mente humana normal: la fusión cognitiva (FC) y la evitación experiencial (EE) (Hayes, 2014).

Es necesario resaltar que tanto la FC y la EE dan lugar y están implicados en los procesos de inflexibilidad psicológica (psicopatológicos), los cuales son seis: fusión cognitiva, evitación experiencial, pérdida de contacto flexible con el presente, apego al yo conceptualizado, falta de claridad con los valores y acción disfuncional, dichos procesos se encuentran interconectados y tienen su base en la TMR (Pérez, 2014). No obstante, ACT ofrece una concepción de psicopatología alternativa a los sistemas nosológicos (DSM - CIE), de forma más específica, se desenvuelve bajo un modelo transdiagnóstico, que involucra una nueva concepción a los cuidados de salud mental (González et al., 2018).

En sus inicios ACT centra su planteamiento en torno a la formulación de casos; los problemas de las personas giraban sobre una clasificación funcional que se denominó trastorno de evitación experiencial (TEE) o evitación experiencial destructiva (EED), el cual se definió como una manera de actuar adherido al seguimiento de reglas; no estar en contacto con experiencias privadas aversivas o desagradables (pensamientos, emociones, sensaciones, recuerdos, etc). Por consiguiente, las personas que evitaban estos sucesos, a menudo, a largo plazo terminaban con un nivel elevado de insatisfacción personal, dado que sus conductas estaban guiadas por el seguimiento generalizado de reglas (Clavijo, 2004). Se encontró que el TEE era un elemento común en diversos trastornos según los criterios taxonómicos de la CIE o del DSM. En ese sentido, los trastornos de ansiedad, la preocupación excesiva, la depresión, el desempeño laboral deficiente, el abuso de sustancias, la esquizofrenia, las conductas sexuales de alto riesgo, el trastorno límite de la personalidad, el estrés postraumático, entre otros, estarían altamente asociados con la evitación experiencial (Hayes et al., 1996; Boulanger et al., 2010; Harris, 2009; Luciano et al., 2016).

Por su parte, la fusión cognitiva (FC) cumple un concepto base dentro de la ACT, ya que se pueden analizar los problemas psicológicos con el seguimiento inflexible de reglas verbales (Hayes et al., 2011). Desde un punto conductual-contextual, los pensamientos no son causas de la conducta, porque también son conductas que exigen una explicación, por ello los analistas buscan exponerla en términos de contingencias ambientales (Freixa, 2003). De acuerdo a Hayes et al. (2014) la FC “consiste en mezclar los procesos verbales cognitivos con la experiencia directa, de manera que el individuo no puede diferenciar entre ambos” (p. 358). Agregado a ello, la FC suele darse en un contexto de “literalidad”, mediante el cual la persona responde a un evento privado de igual forma que lo haría frente a referentes de estos enunciados (Hayes & Wilson, 1995).

Considerando que la evitación experiencial es uno de los factores más importantes en la Psicopatología, la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2022) sostiene que un problema de salud mental se distingue por una alteración significativa de la cognición, la regulación de las emociones y de la conducta, provocando afectación en otras áreas importantes del individuo. Por otro lado, la OMS (2022) afirma que existe un conjunto de factores individuales (psicológicos y biológicos), sociales, comunitarios, culturales, familiares y estructurales que podrían ser protectores para la persona, o, por el contrario, representar un riesgo en la adquisición de conductas desadaptativas. Por ello, quienes se encuentren expuestos a situaciones más adversas como la pobreza, la desigualdad, la violencia y la discapacidad representan un mayor peligro (OMS, 2008). Los datos indican que los trastornos psíquicos, neurológicos y por el consumo de sustancias psicoactivas representan el 10% de la carga mundial de morbimortalidad y el 30% de las enfermedades no mortales, de igual importancia, las personas con trastornos psicológicos severos fallecen de 10 a 20 años antes que la población global (OMS, 2022). A su vez, Steel (2014) señala que las cifras de prevalencia de los trastornos mentales continúan aumentando, causando costes económicos en Europa y América.

En cuanto a la fusión cognitiva (FC) se conceptualiza como el acto de creer el contenido literal del lenguaje humano privado (pensamientos, creencias, sentimientos, reglas verbales, etc.) omitiendo las contingencias del entorno, es decir, la persona que está en este estado se encuentra unida a sus pensamientos y es posible que no sea consciente de aquello que está pensando, en ese sentido, la fusión cognitiva significa que los pensamientos dominan el comportamiento. La literalización de los pensamientos origina que no se pueda estar en el presente, puesto que, la capacidad simbólica del lenguaje humano, atraerá experiencias del pasado o propulsiones futuras (Harris, 2009; Hayes et al., 2011; Ramos et al., 2018). Estudios empíricos demuestran que la fusión cognitiva está relacionada a la ansiedad y a la depresión, asimismo, se ha encontrado que la FC se asocia con la rumiación y la culpa (Herzberg et al., 2012; Dinis et al., 2015; Bardeen et al., 2016). Concretado por la OMS (2022), en el año 2019 una de cada ocho personas en el mundo padecía un trastorno mental, entre ellos los más frecuentes eran los trastornos depresivos y la ansiedad, que fueron más prominentes en el 2020 a raíz del confinamiento por covid-19. Específicamente, en el año 2019, 301 millones de personas sufrían un trastorno de ansiedad, y 280 millones de personas padecían depresión.

De igual importancia, en cuanto a la evitación experiencial, en el continente americano la Organización Panamericana de la Salud (OPS, 2009) puntualiza que los trastornos mentales representan el 22.4% del tributo total de enfermedades, además son una parte robusta de la morbilidad que se atiende en los centros de atención primaria. Así bien, en muchos países de América el presupuesto destinado a la salud mental aún no supera el 1% del presupuesto general de salud, ello evidencia una carencia en cuanto a la atención descentralizada en la comunidad. En la misma línea, Kohn et al. (2005) sostienen que la brecha de atención de los trastornos mentales en América Latina y el Caribe es grave, puesto que, del número total de adultos diagnosticados con enfermedades mentales, tales como; depresión mayor (58.9%), ansiedad generalizada (63.1%), trastorno de pánico (52.9%), trastorno obsesivo-compulsivo (59.9%) y trastorno por consumo de alcohol (71.4%) no recibieron el tratamiento oportuno cuando lo necesitaban. De manera similar, León (2021) señala que cerca de 16 millones de jóvenes en América Latina y el Caribe sufren algún trastorno mental diagnosticado. No obstante, el Caribe mantiene una media más alta, sobre el 15% y 18% que el resto de regiones del continente.

Con respecto a la fusión cognitiva (haciendo alusión a la depresión y a la ansiedad debido a la asociación entre dichos trastornos con la FC), a nivel latinoamericano; según la investigación realizada por Kohn et al. (2005) se estima que en el Municipio de Bambuí en Brasil 5.1% de la población masculina y 10.2% de la población femenina padece depresión mayor. Mientras que en Santiago de Chile la tasa de prevalencia es de 2.7% en hombres y 8.0% en mujeres. Al mismo tiempo, en Colombia la prevalencia de depresión mayor es de 5.3% en hombres y 10.2% en mujeres. Por otro lado, en la ciudad de Sao Paulo la tasa de prevalencia del trastorno de ansiedad generalizada es de 0.7% en hombres y 1.1% en mujeres. Mientras tanto, en Santiago de Chile, la prevalencia de este trastorno es de 3.2% en hombres y 6.9% en mujeres. Naturalmente, es evidente que el trastorno por depresión mayor y el trastorno por ansiedad generalizada es más común en personas del sexo femenino. De manera similar, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF, 2020) realizó un sondeo para analizar el efecto del covid-19 en la salud mental de los adolescentes y jóvenes de América Latina y el Caribe, se encontró que 27% de los jóvenes reportan un mayor porcentaje de ansiedad y 15% depresión. Asimismo, se detectó que 43% de mujeres y 31% de hombres se sienten pesimistas frente al futuro.

A nivel nacional, con relación a la EE y FC, el Ministerio de Salud (MINSA, 2021) asegura que en la región costeña peruana ha recibido más de 156 mil casos de ansiedad, 77 mil casos de depresión y 18 mil casos de consumo de sustancias psicóticas y alcohol. En contraste, el Instituto Nacional de Salud Mental (INSM, 2021) afirmó que, en la sierra peruana, dado que la incidencia por abuso de alcohol es alta, la prevalencia de vida de la población rural es de 28.1%, a su vez, la prevalencia de vida por depresión moderada o severa es de 14.6%. De igual forma, la prevalencia de trastornos mentales en Puerto Maldonado es de 25.4%, en Iquitos es del 24.4%, en Tumbes del 23.8%, y en Pucallpa del 21.9%.

A nivel regional, según datos estadísticos del MINSA (2021) una de cada 8 personas (11.8%) en Lima ha padecido un trastorno mental en el 2020. Debido al covid-19, la tasa de ansiedad también se elevó en las personas adultas; 5% en hombres y 8% en mujeres. Remarcando, se encontró que en el 2018 el MINSA reportó un total de 1384 intentos de suicidio, los resultados indicaron que las principales causas fueron la violencia intrafamiliar, los problemas de salud mental (Depresión, Ansiedad, Trastorno Límite de la personalidad, entre otros) y problemas económicos.

Por todo esto, en el Perú, es necesario abordar estudios teóricos o experimentales que profundicen en estas variables transdiagnósticas, con el fin de impulsar la investigación psicológica con un enfoque conductual contextual.

 

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