domingo, 12 de octubre de 2025

Importancia clínica y humana del Trastorno de Estrés Postraumático Complejo (TEPT-C)

Autora:

Diana Yasmin Llamocca Ciriaco

Introducción:

La sociedad, conformada principalmente por familias que crían a niños y niñas desde sus primeros años, convive con una realidad cruda y silenciosa: la violencia y el sufrimiento están presentes con más frecuencia de la que se admite. ¿De qué manera ocurre esto? Pocas personas han transitado la vida sin experimentar alguna forma de transgresión, y mucho menos sin haber conocido el dolor. Si bien el sufrimiento puede interpretarse en ocasiones como parte de una experiencia subjetiva o incluso como una elección, la violencia ejercida durante la infancia, especialmente cuando es sistemática y prolongada, deja marcas profundas que no dependen de la voluntad. En estos contextos, hablar del Trastorno de Estrés Postraumático Complejo (TEPT-C) no solo resulta clínicamente relevante, sino también éticamente necesario. Este ensayo aborda la importancia del TEPT-C tanto desde su impacto clínico como desde su dimensión humana, considerando sus efectos en el desarrollo emocional, psicológico y relacional del individuo.

Desarrollo:

De acuerdo con López-Soler (2008), al analizar los acontecimientos vitales vinculados al trauma, es necesario considerar factores como su duración, frecuencia, intensidad, cantidad y predictibilidad. Sin embargo, uno de los aspectos más relevantes es su origen, ya que estos eventos pueden ser de naturaleza humana o natural.

Es posible afirmar que los eventos naturales presentan una dificultad mayor de evitar, debido a que son impuestos por la fuerza misma de la naturaleza. En este contexto, el ser humano se enfrenta a fenómenos impredecibles y muchas veces incontrolables. Aunque pueden implementarse planes de contingencia o protocolos de emergencia, estos no garantizan la protección total frente a su impacto. La tierra no cesará sus movimientos ante una súplica, ni los ríos limitarán sus caudales por decisión humana. Tampoco el mar detendrá sus olas, ni el viento sus remolinos ante nuestra voluntad.

La Organización Mundial de la Salud (OMS, 2018) define un desastre como un evento imprevisto que implica un riesgo considerable e inmediato para la salud pública, o cualquier situación que comprometa la vida o el bienestar de un gran número de personas y que requiere una acción urgente.

Por otro lado, el trauma de origen humano no se encuentra determinado por las contingencias naturales, sino que implica, en muchos casos, una clara intencionalidad por parte del agresor. Esta característica lo hace especialmente complejo, sobre todo cuando existe un vínculo afectivo entre la víctima y el perpetrador. En este contexto, Sandín (2008) sostiene que los traumas causados de forma deliberada por otros seres humanos suelen generar consecuencias psicológicas más profundas y duraderas que aquellos provocados por desastres naturales o accidentes. Precisamente de allí emana su complejidad.

El simple hecho de que el daño haya sido intencional, y perpetrado por alguien de nuestra misma especie, ya resulta devastador. En estos casos, es común que la persona afectada experimente una serie de pensamientos autorreferenciales que refuerzan el sufrimiento: ¿Qué hice para merecer esto? ¿Por qué no pude evitarlo? ¿Por qué no huí cuando tuve la oportunidad? ¿Por qué lo permití? ¿Por qué yo? ¿Por qué nadie me ayudó? ¿Y si me juzgan o critican? ¿Por qué me siento tan rota/o? Estas interrogantes surgen desde emociones profundas como la culpa, la vergüenza, la desesperanza y una autovaloración negativa (Lecannelier et al., 2021), configurando así el núcleo emocional del trauma complejo.

Un ejemplo representativo del trauma complejo puede observarse en la película Precious, dirigida por Lee Daniels (2009), donde se retrata la vida de Claireece "Precious" Jones, una adolescente que experimenta constantes abusos físicos y psicológicos por parte de su madre, así como abuso sexual por parte de su padre, lo cual deriva en dos embarazos, la responsabilidad de criar a sus hijos y un diagnóstico de VIH (Virus de la Inmunodeficiencia Humana). Estas vivencias traumáticas, repetidas y prolongadas en el tiempo, la llevan a desarrollar mecanismos de disociación como una forma de escape y supervivencia ante el sufrimiento.

Este tipo de trauma, sostenido desde la infancia, había deteriorado profundamente su autovaloración y la mantenía aferrada a una fantasía de una vida mejor, aunque inalcanzable. En consonancia con este fenómeno, Castro-Fernández et al. (2015) realizaron un estudio para analizar el vínculo entre trauma, disociación y síntomas psicóticos positivos. Los hallazgos revelaron que quienes presentaban alucinaciones y delirios habían atravesado un mayor número de experiencias traumáticas en la infancia, aunque no necesariamente en la adultez. Además, estas personas mostraban niveles significativamente más altos de disociación en comparación con quienes no presentaban dichos síntomas.

Desde esta perspectiva, resulta comprensible que Precious recurriera a la disociación como un recurso psicológico cada vez que era agredida por su padre o maltratada verbal y físicamente por su madre.

Lieberman y Van Horn (2008) plantean que las experiencias adversas en la primera infancia pueden afectar la construcción de un apego seguro con los cuidadores, lo que conlleva problemas en la regulación emocional, el comportamiento y el desarrollo integral. Por ello, subrayan la relevancia de promover el fortalecimiento del vínculo entre el niño y sus figuras principales de cuidado.

Por otra parte, es innegable que la Segunda Guerra Mundial estuvo marcada por eventos extremadamente violentos, entre ellos el Holocausto, uno de los más impactantes. Según la revista Amnistía Internacional (2025), las cámaras de gas y los hornos crematorios llegaron a asesinar hasta 5,000 personas por día. De acuerdo con la Claims Conference (2024), aún sobreviven aproximadamente 245,000 víctimas del Holocausto en más de 90 países, muchas de ellas con secuelas persistentes derivadas de lo vivido.

Tras el fin de la guerra y la liberación de los campos de concentración, muchas personas quedaron profundamente traumatizadas. No solo los prisioneros, sino también los soldados, arrastraron las huellas psíquicas de las atrocidades presenciadas. Hoy, aunque no se ha declarado una tercera guerra mundial, muchos niños viven lo que podría considerarse un “campo de concentración” dentro de sus propios hogares, atrapados en entornos de violencia doméstica. Esta comparación es estremecedora.

La Organización Mundial de la Salud (OMS, 2024) advierte que cerca de seis de cada diez niños menores de cinco años —es decir, alrededor de 400 millones— sufren castigos físicos o violencia psicológica por parte de sus cuidadores. Además, se estima que una de cada cinco mujeres y uno de cada siete varones fueron víctimas de abuso sexual durante su infancia.

Diversas investigaciones contemporáneas destacan la importancia de intervenir considerando el impacto del trauma en la dinámica familiar, al mismo tiempo que señalan la necesidad de fortalecer en los adultos la capacidad de brindar a los niños un entorno seguro y estable (Lieberman et al., 2011).

En particular, Herman (2015) señala que el trauma complejo se manifiesta a través de alteraciones profundas en la gestión afectiva, así como en la conciencia, la percepción corporal, las relaciones interpersonales y la construcción del sentido de vida. En esa misma línea, la Clasificación Internacional de Enfermedades en su 11.ª edición (CIE-11, 2022) reconoce oficialmente el Trastorno de Estrés Postraumático Complejo (TEPT-C) como un diagnóstico clínico. Esta condición se desarrolla como consecuencia de una exposición prolongada a situaciones extremadamente amenazantes o ineludibles, tales como el abuso infantil crónico o la violencia doméstica continua (OMS, 2022).

Conclusión:

En ese sentido, resulta fundamental reconocer la relevancia del Trastorno de Estrés Postraumático Complejo (TEPT-C), ya que representa uno de los trastornos más significativos asociados al trauma prolongado y relacional. A pesar de su impacto en el desarrollo emocional, cognitivo y social de quienes lo padecen, este diagnóstico suele ser subestimado o incluso ignorado en diversos contextos de atención en salud mental (López-Soler, 2008; Lecannelier et al., 2021). Comprender en profundidad el trauma complejo no solo permite dimensionar las secuelas del abuso y la negligencia sostenida, sino que también plantea la urgencia de abordajes terapéuticos sensibles, integrales y sostenidos en el tiempo. Visibilizar las heridas invisibles que deja este tipo de trauma es abrir camino hacia la validación del sufrimiento y la posibilidad de una reconstrucción psíquica más compasiva y digna. La atención al TEPT-C implica, por tanto, una responsabilidad no solo profesional, sino profundamente humana.

 

Referencias:

1. Amnistía Internacional. (2025, 27 de enero). El Holocausto de Auschwitz: el predecesor de los derechos humanos. https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/blog/historia/articulo/el-horror-de-auschwitz-y-la-declaracion-universal-de-los-derechos-humanos/

2. Castro-Fernández, M. D. P., Perona-Garcelán, S., Senín-Calderón, C., & Rodríguez-Testal, J. F. (2015). Relación entre trauma, disociación y síntomas psicóticos positivos. Acción Psicológica, 12(2), 95–107. http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=344043462007

3. Daniels, L. (Director). (2009). Precious: Based on the novel “Push” by Sapphire [Película]. Lionsgate.

4. Herman, J. (2015). Trauma and recovery: The aftermath of violence—from domestic abuse to political terror. Basic Books/Hachette Book Group.

5. Lecannelier, F., Guajardo, H., Kushner, D., Barrientos, C., & Monje, G. (2021). La complejidad del trauma complejo del desarrollo: Una propuesta del modelo de apego y complejidad (MAC). Revista de Psicoterapia, 32(120), 105–124. https://doi.org/10.33898/rdp.v32i120.463

6. Lieberman A., Chu, A., Van Horn, P., & Harris, W. (2011). Trauma in early childhood: Empirical evidence and clinical implications. Development & Psychopathology, 23(2), 397-410. https://doi.org/10.1017/S0954579411000137

7. Lieberman, A., & Van Horn, P. (2008). Psychotherapy with infants and young children: Repairing the effects of stress and trauma on early attachment. The Guilford Press.

8. López-Soler, C. (2008). Las reacciones postraumáticas en la infancia y adolescencia maltratada: El trauma complejo. Revista de Psicopatología y Psicología Clínica, 13(3), 159–174. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2913101

9. Organización Mundial de la Salud. (2022). Clasificación Internacional de Enfermedades CIE-11. https://icd.who.int/es

10. Organización Mundial de la Salud. (2024). Maltrato infantil. https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/child-maltreatment

11. Organización Panamericana de la Salud. (1982). Control de vectores con posterioridad a los desastres naturales (Publicación Científica 419).

12. Organización Panamericana de la Salud. (2018). Control de vectores en situaciones de desastre. https://www.paho.org/es/emergencias-salud/control-vectores-situaciones-desastre

13. Sandín, B. (Ed.). (2008). El estrés psicosocial: Conceptos y consecuencias clínicas (2.ª ed.). Klinik. 

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