Importancia clínica y humana del Trastorno de Estrés Postraumático Complejo (TEPT-C)
Autora:
Diana Yasmin Llamocca Ciriaco
Introducción:
La sociedad, conformada principalmente por familias que crían a niños y
niñas desde sus primeros años, convive con una realidad cruda y silenciosa: la
violencia y el sufrimiento están presentes con más frecuencia de la que se
admite. ¿De qué manera ocurre esto? Pocas personas han transitado la vida sin
experimentar alguna forma de transgresión, y mucho menos sin haber conocido el
dolor. Si bien el sufrimiento puede interpretarse en ocasiones como parte de
una experiencia subjetiva o incluso como una elección, la violencia ejercida
durante la infancia, especialmente cuando es sistemática y prolongada, deja
marcas profundas que no dependen de la voluntad. En estos contextos, hablar del
Trastorno de Estrés Postraumático Complejo (TEPT-C) no solo resulta
clínicamente relevante, sino también éticamente necesario. Este ensayo aborda
la importancia del TEPT-C tanto desde su impacto clínico como desde su
dimensión humana, considerando sus efectos en el desarrollo emocional,
psicológico y relacional del individuo.
Desarrollo:
De acuerdo con López-Soler (2008), al analizar los acontecimientos
vitales vinculados al trauma, es necesario considerar factores como su
duración, frecuencia, intensidad, cantidad y predictibilidad. Sin embargo, uno
de los aspectos más relevantes es su origen, ya que estos eventos pueden ser de
naturaleza humana o natural.
Es posible afirmar que los eventos naturales presentan una dificultad
mayor de evitar, debido a que son impuestos por la fuerza misma de la
naturaleza. En este contexto, el ser humano se enfrenta a fenómenos
impredecibles y muchas veces incontrolables. Aunque pueden implementarse planes
de contingencia o protocolos de emergencia, estos no garantizan la protección
total frente a su impacto. La tierra no cesará sus movimientos ante una
súplica, ni los ríos limitarán sus caudales por decisión humana. Tampoco el mar
detendrá sus olas, ni el viento sus remolinos ante nuestra voluntad.
La Organización Mundial de la Salud (OMS, 2018) define un desastre como
un evento imprevisto que implica un riesgo considerable e inmediato para la
salud pública, o cualquier situación que comprometa la vida o el bienestar de
un gran número de personas y que requiere una acción urgente.
Por otro lado, el trauma de origen humano no se encuentra determinado
por las contingencias naturales, sino que implica, en muchos casos, una clara
intencionalidad por parte del agresor. Esta característica lo hace
especialmente complejo, sobre todo cuando existe un vínculo afectivo entre la
víctima y el perpetrador. En este contexto, Sandín (2008) sostiene que los
traumas causados de forma deliberada por otros seres humanos suelen generar consecuencias
psicológicas más profundas y duraderas que aquellos provocados por desastres
naturales o accidentes. Precisamente de allí emana su complejidad.
El simple hecho de que el daño haya sido intencional, y perpetrado por
alguien de nuestra misma especie, ya resulta devastador. En estos casos, es
común que la persona afectada experimente una serie de pensamientos
autorreferenciales que refuerzan el sufrimiento: ¿Qué hice para merecer esto?
¿Por qué no pude evitarlo? ¿Por qué no huí cuando tuve la oportunidad? ¿Por qué
lo permití? ¿Por qué yo? ¿Por qué nadie me ayudó? ¿Y si me juzgan o critican?
¿Por qué me siento tan rota/o? Estas interrogantes surgen desde emociones
profundas como la culpa, la vergüenza, la desesperanza y una autovaloración
negativa (Lecannelier et al., 2021), configurando así el núcleo emocional del
trauma complejo.
Un ejemplo representativo del trauma complejo puede observarse en la
película Precious, dirigida por Lee Daniels (2009), donde se retrata la vida de
Claireece "Precious" Jones, una adolescente que experimenta
constantes abusos físicos y psicológicos por parte de su madre, así como abuso
sexual por parte de su padre, lo cual deriva en dos embarazos, la
responsabilidad de criar a sus hijos y un diagnóstico de VIH (Virus de la Inmunodeficiencia
Humana). Estas vivencias traumáticas, repetidas y prolongadas en el tiempo, la
llevan a desarrollar mecanismos de disociación como una forma de escape y
supervivencia ante el sufrimiento.
Este tipo de trauma, sostenido desde la infancia, había deteriorado
profundamente su autovaloración y la mantenía aferrada a una fantasía de una
vida mejor, aunque inalcanzable. En consonancia con este fenómeno,
Castro-Fernández et al. (2015) realizaron un estudio para analizar el vínculo
entre trauma, disociación y síntomas psicóticos positivos. Los hallazgos
revelaron que quienes presentaban alucinaciones y delirios habían atravesado un
mayor número de experiencias traumáticas en la infancia, aunque no
necesariamente en la adultez. Además, estas personas mostraban niveles
significativamente más altos de disociación en comparación con quienes no
presentaban dichos síntomas.
Desde esta perspectiva, resulta comprensible que Precious recurriera a
la disociación como un recurso psicológico cada vez que era agredida por su padre
o maltratada verbal y físicamente por su madre.
Lieberman y Van Horn (2008) plantean que las experiencias adversas en la
primera infancia pueden afectar la construcción de un apego seguro con los
cuidadores, lo que conlleva problemas en la regulación emocional, el
comportamiento y el desarrollo integral. Por ello, subrayan la relevancia de
promover el fortalecimiento del vínculo entre el niño y sus figuras principales
de cuidado.
Por otra parte, es innegable que la Segunda Guerra Mundial estuvo
marcada por eventos extremadamente violentos, entre ellos el Holocausto, uno de
los más impactantes. Según la revista Amnistía Internacional (2025), las
cámaras de gas y los hornos crematorios llegaron a asesinar hasta 5,000
personas por día. De acuerdo con la Claims Conference (2024), aún sobreviven
aproximadamente 245,000 víctimas del Holocausto en más de 90 países, muchas de
ellas con secuelas persistentes derivadas de lo vivido.
Tras el fin de la guerra y la liberación de los campos de concentración,
muchas personas quedaron profundamente traumatizadas. No solo los prisioneros,
sino también los soldados, arrastraron las huellas psíquicas de las atrocidades
presenciadas. Hoy, aunque no se ha declarado una tercera guerra mundial, muchos
niños viven lo que podría considerarse un “campo de concentración” dentro de
sus propios hogares, atrapados en entornos de violencia doméstica. Esta
comparación es estremecedora.
La Organización Mundial de la Salud (OMS, 2024) advierte que cerca de
seis de cada diez niños menores de cinco años —es decir, alrededor de 400
millones— sufren castigos físicos o violencia psicológica por parte de sus
cuidadores. Además, se estima que una de cada cinco mujeres y uno de cada siete
varones fueron víctimas de abuso sexual durante su infancia.
Diversas investigaciones contemporáneas destacan la importancia de
intervenir considerando el impacto del trauma en la dinámica familiar, al mismo
tiempo que señalan la necesidad de fortalecer en los adultos la capacidad de
brindar a los niños un entorno seguro y estable (Lieberman et al., 2011).
En particular, Herman (2015) señala que el trauma complejo se manifiesta
a través de alteraciones profundas en la gestión afectiva, así como en la
conciencia, la percepción corporal, las relaciones interpersonales y la
construcción del sentido de vida. En esa misma línea, la Clasificación
Internacional de Enfermedades en su 11.ª edición (CIE-11, 2022) reconoce
oficialmente el Trastorno de Estrés Postraumático Complejo (TEPT-C) como un
diagnóstico clínico. Esta condición se desarrolla como consecuencia de una
exposición prolongada a situaciones extremadamente amenazantes o ineludibles,
tales como el abuso infantil crónico o la violencia doméstica continua (OMS,
2022).
Conclusión:
En ese sentido, resulta fundamental reconocer la relevancia del
Trastorno de Estrés Postraumático Complejo (TEPT-C), ya que representa uno de
los trastornos más significativos asociados al trauma prolongado y relacional.
A pesar de su impacto en el desarrollo emocional, cognitivo y social de quienes
lo padecen, este diagnóstico suele ser subestimado o incluso ignorado en
diversos contextos de atención en salud mental (López-Soler, 2008; Lecannelier
et al., 2021). Comprender en profundidad el trauma complejo no solo permite
dimensionar las secuelas del abuso y la negligencia sostenida, sino que también
plantea la urgencia de abordajes terapéuticos sensibles, integrales y
sostenidos en el tiempo. Visibilizar las heridas invisibles que deja este tipo
de trauma es abrir camino hacia la validación del sufrimiento y la posibilidad
de una reconstrucción psíquica más compasiva y digna. La atención al TEPT-C
implica, por tanto, una responsabilidad no solo profesional, sino profundamente
humana.
Referencias:
1. Amnistía Internacional.
(2025, 27 de enero). El Holocausto de Auschwitz: el predecesor de los
derechos humanos. https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/blog/historia/articulo/el-horror-de-auschwitz-y-la-declaracion-universal-de-los-derechos-humanos/
2. Castro-Fernández, M. D.
P., Perona-Garcelán, S., Senín-Calderón, C., & Rodríguez-Testal, J. F.
(2015). Relación entre trauma, disociación y síntomas psicóticos positivos. Acción
Psicológica, 12(2), 95–107. http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=344043462007
3. Daniels, L. (Director). (2009). Precious:
Based on the novel “Push” by Sapphire [Película]. Lionsgate.
4. Herman, J. (2015). Trauma and recovery: The
aftermath of violence—from domestic abuse to political terror. Basic Books/Hachette
Book Group.
5. Lecannelier, F.,
Guajardo, H., Kushner, D., Barrientos, C., & Monje, G. (2021). La
complejidad del trauma complejo del desarrollo: Una propuesta del modelo de
apego y complejidad (MAC). Revista de Psicoterapia, 32(120), 105–124. https://doi.org/10.33898/rdp.v32i120.463
6. Lieberman A., Chu, A., Van Horn, P., &
Harris, W. (2011). Trauma in early childhood: Empirical evidence and clinical
implications. Development & Psychopathology, 23(2), 397-410. https://doi.org/10.1017/S0954579411000137
7. Lieberman, A., &
Van Horn, P. (2008). Psychotherapy
with infants and young children: Repairing the effects of stress and trauma on
early attachment. The
Guilford Press.
8. López-Soler, C. (2008).
Las reacciones postraumáticas en la infancia y adolescencia maltratada: El
trauma complejo. Revista de Psicopatología y Psicología Clínica, 13(3),
159–174. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2913101
9. Organización Mundial de
la Salud. (2022). Clasificación Internacional de Enfermedades CIE-11. https://icd.who.int/es
10. Organización Mundial de
la Salud. (2024). Maltrato infantil. https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/child-maltreatment
11. Organización
Panamericana de la Salud. (1982). Control de vectores con posterioridad a los
desastres naturales (Publicación Científica 419).
12. Organización
Panamericana de la Salud. (2018). Control de vectores en situaciones de desastre.
https://www.paho.org/es/emergencias-salud/control-vectores-situaciones-desastre
13. Sandín, B. (Ed.). (2008). El estrés psicosocial: Conceptos y consecuencias clínicas (2.ª ed.). Klinik.

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